In memoriam: Philip Seymour Hoffman

¿Tienen razón los suicidas? ¿Y aquellos que huyen hacia adelante y juegan en el lado salvaje hasta que pierden la vida tontamente?

En estos tiempos de pérdidas irreparables de enormes nombres de la poesía, el cine y el arte en general por causas naturales (si natural es morir de viejo) o por la insolente enfermedad, cuando hace poco se hacía ya notar la realidad de que el suicidio es la causa mayor de muerte en nuestro país (la excusa de las víctimas del tráfico se volvió inservible cuando perdieron la batalla, pues parece que hemos dejado de ser unos descerebrados al volante, y brindemos por ello), escuece más la noticia de la muerte por yonqui de Philip Seymour Hoffman. Escuece y cabrea.

Quiero pensar que tenía todo el derecho del mundo de desear su muerte de esa forma tan romántica, en ese viaje definitivo en su lecho, diciendo que el que venga detrás que arree, que le importa un carajo qué se haga con su ese cuerpo rotundo con el que jugaba tan bien delante de la pantalla, y sin importarle un ardite la suerte de los seres queridos que deja atrás, incluyendo hijos. La droga puede ser la salida más gentil y más noble del alma atormentada y rebelde, pero no tenemos aún la certeza de que se trate de un suicidio encubierto en blanca heroína discurriendo por la vena y llegando al cerebro y al corazón. Porque si no fuera así, maldito seas, querido Phillip, vaya forma estúpida de dejarnos huérfanos de tu enormidad, de tu arte.

Carpe Diem. Y un cuerno. Nos hemos quedado con cara de imbécil, sin entender por qué no tendremos más dosis de esto:

Así que sí, descansa en paz, que ya nos quedamos aquí nosotros, peripatéticos.

La belleza en 2D

El sueño de cualquier aficionado a la pintura es atravesar el lienzo, como hiciera Alicia con el espejo, y adentrarse en un cuadro como si fuese uno más de los protagonistas. Rino Stefano Tagliaferro (con ese hermoso apellido, similar al catalán Tallaferro, “el que corta el hierro“, alusión a un más que temible caballero, entiendo) lo ha intentado con resultado dispar, pero cuanto menos inquietante.

Quizá quede mucho para lograr hacer del 2D de un lienzo un 3D, pero desde luego se le agradece el intento al bueno de Rino.

Además, nuestro viejo amigo Friedrich es también protagonista. Qué más se puede pedir.