El devenir, el no sabemos qué pasará, es la arcana bestia con ojos de fuego que acecha detrás de la puerta. Ese miedo diminuto que yace agachado al lado de la almohada al que no nos atrevemos ni a nombrar.
Que este mundo es voraz, que no son buenos tiempos… en fin, no seamos vulgares, y no caigamos en la vieja queja de siempre. Pero una cosa es rezongar y otra bien distinta es mirar a los ojos de la bestia. Cuando todo el fundamento de tu existencia profesional de repente se desvanece pasados los cincuenta y tantos sientes perder, ya se sabe, uno de los pilares del bienestar. Y sientes el suelo temblar bajo tus pies. Repasas cómo hemos llegado hasta aquí, qué hay de signo de los tiempos, de mala suerte, de decisiones erróneas, de no haber hecho esa pregunta a tiempo, de haber dejado que tal o cuál cosa pasara o dejar pasar al impostor que llevamos dentro para que se siente a tu lado y compartas con él una copa de vino.
El trabajo con la educación judeocristiana, las cartas de odio, la rumia, conseguir no hablarme mal y el empujón conductual los dejo a la intimidad con mi terapeuta, pero no dejan de ser formas de explicar lo inexplicable. El ikigai (sic); los problemas disfrazados de desafíos; el design thinking; el reciclaje profesional; mi «Yo S.A.»; y, en general, los anglicismos los dejamos para las almas caritativas que intentan poner vendas a la herida del desastre. Y después… qué queda. Mañanas viendo pasar la vida, dejando volar porqués, saliendo a pasear cuando la ciudad revienta de actividad (y antes la escuchabas como un lejano eco desde tu mesa de trabajo) y un temor molesto, como de rabia revenida que se agarra al estómago y apenas te deja caminar.
Sí, también pagas una cara academia que te prepara para opositar a un puesto de junior, de auxiliar, de principiante cuando todos a tu alrededor hacen cuentas de cómo, cuándo, de qué manera van a jubilarse. Y tiras de ese fondo de estómago del que sacan los pingüinos machos la última regurgitación con la que mantener con vida al polluelo esperando la llegada de la hembra salvadora. E invocas a todos los demonios habidos y por haber, manteniendo el tipo para no dejar, simplemente, que florezcan las ganas de hacer un muñeco de vudú de todos aquellos que te hicieron mal, de afilar los alfileres.
Qué más da, ellos tienen la misma culpa que tú de que estés donde estés, de que el café de media mañana ya no se tome con prisas y a hurtadillas, sino que sea una bebida caliente y pausada que te conforte ante esa pantalla en la que lees las mejores salidas profesionales para mayores de cincuenta; y decidas, una vez más, salir simplemente a la terraza a dar sorbos cortos con las manos tibias por el calor residual y la mirada perdida hacia aquel punto del horizonte donde el sol hace rato ya que venció a las tinieblas.
Luego queda luchar contra la procrastrinación de cada día. Y hacer caso de ese certero tuit de @antonello que nos recuerda que
de todas las formas de madurar, de envejecer, una de las peores es estar cada vez más enfadado con un mundo que cada vez entiendes menos.
Y te recuerdas como un adelantado a tu tiempo, como alguien despierto a las nuevas eras y sus adelantos, encantado de estar a la última de las tendencias geeks y estar alineado con lo que se exigía en tu puesto de trabajo. Y de repente tienes que atender tutoriales de miríadas de cosas que no sabías que estaban ocurriendo y que ahora te hacen ser un puñetero novato en tu campo. Porque hay que estar despierto, dicen, cuando recuerdas que tú siempre has sido el amigo informático de tanta gente. Ahora eres un estudiante, un pupilo, un advenedizo, y rabias.
Eres un sénior en un mundo que no respeta ni a los séniors ni a los júniors.
Ser sénior para esta, mi generación, los «X», que ha sido gozne entre el mundo del pasado (ese que ahora tanto se pone en tela de juicio por el aniversario de la muerte de ese señor bajito por el que ahora tanto se interesan las nuevas generaciones, qué barbaridad) y un presente separado por eones evolutivos. De un blanco y negro que muda en gris todos mis recuerdos, a un mundo de color saturado donde nada es ya como antes, por mucho revival y mucho vintage.
¿Qué nos va a pasar?, como cantaba La Buena Vida. Hay días que el abismo atrae con una fuerza extrañamente hermosa, como de dejarse llevar por la negrura y decir ya, ya está, déjame entrar. Y días de luz refulgente que acomoda una visión del futuro que se burla de todo lo dicho hasta aquí. Pero esa bestia con ojos de fuego te guiña, entonces, un ojo con picardía. Y entonces buscas en la nevera un buen trozo de carne con el que saciar su hambre.