Mamá, quiero ser poeta maldito

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El lado salvaje de la vida. No hay nada que atraiga más a los patanes. Y a los cínicos. Y a los que quieren ser, pero no pueden, y buscan ser en un mundo circunscrito a otros como ellos más o menos listos, más o menos cuerdos, más o menos mediocres. Porque en ese lado salvaje no hay escuelas, ni pruebas, ni exámenes, ni sacrificio baldío. Sólo basta encomendarse al dios Bukowski y mencionar varias veces polla en tus escritos. Castigar tu hígado y la tranquilidad de los vecinos cagándote en la sociedad podrida que habita justo encima de ese garito.

Es sempiterno. Todos juegan al mismo juego cuando se es demasiado joven para comprender demasiadas cosas. Pero, ¡ay, amigo, cuando se pasan los treinta, o peor aún los cuarenta! Y llegar a los cincuenta presa de ese mal es cuanto más patético cuanto más se crea en ello. Querido Charles, quemaré votivos cigarros de liar en tu nombre; seduciré a hembras seducibles, aparentado ser amante fogoso ante mujeres impresionables; inventaré historias de amores en cada puerto, en cada calle, en cada portal, amaneceré tosiendo en cama ajena y luego defecaré, literal y artificiosamente, versos en los que loaré mi propia “vida bohemia”, riéndome de los que pagan facturas y piensan que el mundo es un lugar seguro y cómodo donde temer al futuro, mientras agarro esa botella que hace tiempo que ya no sabe a nada porque, sé sincero contigo mismo, hay un día en que no comprendes cómo llegaste hasta aquí. Y reinventaré un estilo de vida miles de veces creado, donde mi reino nocturno será de aquel tan guay como yo que sepa cerrar garitos y pavonearse ante los aprendices de malditismo, donde poder seducir a jóvenes que siguen creyendo que los malotes follan mejor, que llegar a viejo es de cobardes, y que si tengo la mala suerte de hacerlo, seguiré aparentando ser el más malo, el peor, como el terco y torpe Sabina, mientras ya no me tragaré el humo de los cigarros y comeré verdura para llegar más lejos, ahora que ya, nunca, podré ser un joven y bonito cadáver.

Y si fuera mujer tendría que ser joven, porque la madurez está reñida con el malditismo cuando atusas tu falda plisada. Porque hasta en eso existe machismo, y sólo se puede ser malo y mayor si se tienen testículos. Que te lo digan a ti, Charles, rodeado como todos de joveznas. Así que yo, groopie del ripio y lo manido, me emborracharé con el que peor huela para creer que así se hará leyenda mi nombre, y hablaré de mi coño y de tu polla, y pondré la boca así, e insinuaré, y me haré tatuajes con frases de vacua profundidad, pero no mostraré, que mostrar no es de poetas, y yo soy poeta, no me confundas. Y hablaré de orgasmos, aunque no sepa muy bien qué son, y usaré gafas oscuras pero sabré cuidarme, porque yo no soy como ellos, mis poetas malditos, yo tengo un futuro mullido en un mundo correctamente burgués, correctamente permisivo con los pecados de juventud, con ese novio maloliente que tu padre ve con recelo, contando los días que quedan para que te canses de él.

Algunos hacen de su incapacidad virtud, y aparecen en un artículo de verano de El País diciendo que sus libros son “como los de Cortázar, pero con sexo”, porque saben a qué árbol arrimarse para su efímera gloria. Porque no importa la calidad, la literareidad contrastada, sino la polla, el coño, el gargajo más lejano, la axila más pestilente, el olor acre a impostura, la ropa negra porque es la marca de los malditos, la voz fuerte, la presencia dominante de triste macho beta con ínfulas de alfa. Porque tú nada sabes de Cortázar y el sexo, pero poner ese nombre en tu boca suena inteligente, suena sacrílego. Porque tú te meas en lo sacro, claro, te meas en Cortázar, y en Cervantes, y en Calderón, y en Machado, y en Alonso, y en Hierro, pero sobre todo en Borges, hay que cagarse en Borges.

Hay ancianos sabios con una actitud punk en su senectud que se desayunan cinco o seis de éstos cada día. Que saben que la apariencia esconde incapacidad, que la lucha está en otro sitio, que mirársela y contarlo es tan fútil como comer plátanos en un árbol, que las jovencitas a las que impresionan y que le pagan su vida bohemia no son capaces de reconocer la verdadera poesía aunque esté delante de ellas y le golpee con el puño cerrado en la cara.

Fue siempre así en el lado salvaje. Los pocos genios que lo poblaron (qué lejos quedó el mundo antes de La montaña mágica, Verlaine y Rimbaud, Artaud y Mallarmé, la Belle Epoque, el París de entreguerras, la Bohemia en mayúscula de Sawa, la edad dorada del rock y los días de vino y rosas de los Panero) conocen qué precio se ha de pagar, y los sabios que la rozan con la punta de los dedos (la tradición es milenaria, los malditos de verdad han existido siempre, y han pasado hambre, y sed, y calamidades, y tienen como santo bebedor al gran Max Estrella) la saludan con nostalgia porque saben que es el reino de los impostores, de los mediocres, de los que eligen el modo fácil. De los que no.

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