Malestar

El mundo es plano, y monocorde y, como dice Morrissey, la gente es igual en todos los sitios.

Para ello no hay nada mejor que encerrarse en un hospital. Y quizá más, no hay nada como encerrarse en un hospital en un territorio que no sea el tuyo habitual. Un hospital en mitad del Vallés, por ejemplo. Un hospital donde puede vivirse de manera efectiva eso de la normalidad lingüística en Catalunya. Donde se puede compartir habitación con una de esas ancianas tan típicas de esos lares que de encantadoras parece mentira que sea posible su existencia. Y con unas hijas a las que les cuesta hablar castellano (para la madre es prácticamente imposible) y con las que es tan fácil charlar de esas cosas amables que, en un lugar así, hacen que el tiempo pase un poco más deprisa cuando se está en un agujero donde las horas duran días y los días semanas.

Un hospital donde, en la habitación de enfrente, puede también comprobarse hasta dónde puede llegar la incultura y la falta de educación. Un partido de fútbol a volumen de bar y sevillanas a todo lo que da de madrugada, ríos de gentes hablando fuerte en los pasillos, trato condescendiente con las enfermeras y el personal auxiliar. El horror dentro de un recinto que debería ser un remanso de paz.

Un hospital en el que puede verse la huella de aquello que pretendieron los políticos hacer con un país, con un territorio, y que se quedó en el intento, en ese medio camino existente entre la cruda realidad y las fantasías inmobiliarias de tanto irreverente social sin escrúpulos. Un hospital que iba para privado y ultramoderno, y que se alquila por necesidad a una Seguridad Social que es un cliente más. Y que debe sacar tajada de donde no haya. Menú de rancho a precio de restaurante. Máquinas expendedoras de precio abusivo. Parking con tarifas de ciudad en mitad de la nada. Concesiones económicas que hacen negocio de la desgracia ajena.

Los hospitales te despojan de tu humanidad, te desnudan, te convierten en un número, en un cuerpo al que poder aguijonear. Te recuerdan que no eres nada, que la pena y el dolor están esperando a la vuelta de la esquina. Que todo es miedo hasta que el médico se acuerde de ti y te ofrezca la tabla de salvación en forma de papel impreso en el que puede leerse la palabra “alta”. Con esa obsesión por la digestión bien hecha, como el padre de Léolo, esperando la defecación consistente y correcta. Con ese paso por el verdadero infierno que supone la sala de espera de urgencias, donde la vida moderna te recuerda el desamparo de nuestros predecesores. Un lugar donde las sonrisas valen doble. Donde un abrazo salva del horror. Donde las miradas dicen más que las palabras. Y de donde se sale, cuando tienes la suerte de ser sólo “acompañante”, respirando a pleno pulmón, como si fuese la primera vez que respirarás en tu vida. Con esa intensidad con la que mi gata escudriña el aire cuando sale al balcón, como si el aire no fuese algo inorodo e insípido. Como si acabara de descubrirlo.

La enfermedad y el dolor no es sólo para nosotros, los humanos, pues los compartimos con nuestros semejantes animales, pero sólo nosotros los industrializamos, los hacemos modernos, civilizados, y los despojamos después de su esencia para volver a animalizarlos, a perderlos entre desplantes, faltas de presupuesto, recortes, ausencia de empatía, mirar por encima del hombro de aquellos doctores de antes, cuando levitaban a varios palmos del suelo.

Como metáfora de esta vida absurdamente salvaje, en este siglo que iba a ser nuestro, de los civilizados, de los avanzados que miráramos lejos de nuestra frontera atmosférica, un hospital es la bofetada de realidad que nos devuelve al lugar del que, según esos que rigen devastadoramente nuestra vida, nunca debimos salir. A la caverna del malestar. Al fin y al cabo lo que importa es el tamaño, composición y prestancia de tu mierda, aquella que es fruto de tu paso por esta sociedad que compra, deglute y caga con la misma pasión con la que antes cultivaba el espíritu.

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