Luna+BCN

Luna + Barcelona= panorámica desde el Carmel. Emocionante.

(Pinchad sobre la imagen para verla ampliada.)

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Súperluna sobre Barcelona.

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Mamá, quiero ser poeta maldito

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El lado salvaje de la vida. No hay nada que atraiga más a los patanes. Y a los cínicos. Y a los que quieren ser, pero no pueden, y buscan ser en un mundo circunscrito a otros como ellos más o menos listos, más o menos cuerdos, más o menos mediocres. Porque en ese lado salvaje no hay escuelas, ni pruebas, ni exámenes, ni sacrificio baldío. Sólo basta encomendarse al dios Bukowski y mencionar varias veces polla en tus escritos. Castigar tu hígado y la tranquilidad de los vecinos cagándote en la sociedad podrida que habita justo encima de ese garito.

Es sempiterno. Todos juegan al mismo juego cuando se es demasiado joven para comprender demasiadas cosas. Pero, ¡ay, amigo, cuando se pasan los treinta, o peor aún los cuarenta! Y llegar a los cincuenta presa de ese mal es cuanto más patético cuanto más se crea en ello. Querido Charles, quemaré votivos cigarros de liar en tu nombre; seduciré a hembras seducibles, aparentado ser amante fogoso ante mujeres impresionables; inventaré historias de amores en cada puerto, en cada calle, en cada portal, amaneceré tosiendo en cama ajena y luego defecaré, literal y artificiosamente, versos en los que loaré mi propia “vida bohemia”, riéndome de los que pagan facturas y piensan que el mundo es un lugar seguro y cómodo donde temer al futuro, mientras agarro esa botella que hace tiempo que ya no sabe a nada porque, sé sincero contigo mismo, hay un día en que no comprendes cómo llegaste hasta aquí. Y reinventaré un estilo de vida miles de veces creado, donde mi reino nocturno será de aquel tan guay como yo que sepa cerrar garitos y pavonearse ante los aprendices de malditismo, donde poder seducir a jóvenes que siguen creyendo que los malotes follan mejor, que llegar a viejo es de cobardes, y que si tengo la mala suerte de hacerlo, seguiré aparentando ser el más malo, el peor, como el terco y torpe Sabina, mientras ya no me tragaré el humo de los cigarros y comeré verdura para llegar más lejos, ahora que ya, nunca, podré ser un joven y bonito cadáver.

Y si fuera mujer tendría que ser joven, porque la madurez está reñida con el malditismo cuando atusas tu falda plisada. Porque hasta en eso existe machismo, y sólo se puede ser malo y mayor si se tienen testículos. Que te lo digan a ti, Charles, rodeado como todos de joveznas. Así que yo, groopie del ripio y lo manido, me emborracharé con el que peor huela para creer que así se hará leyenda mi nombre, y hablaré de mi coño y de tu polla, y pondré la boca así, e insinuaré, y me haré tatuajes con frases de vacua profundidad, pero no mostraré, que mostrar no es de poetas, y yo soy poeta, no me confundas. Y hablaré de orgasmos, aunque no sepa muy bien qué son, y usaré gafas oscuras pero sabré cuidarme, porque yo no soy como ellos, mis poetas malditos, yo tengo un futuro mullido en un mundo correctamente burgués, correctamente permisivo con los pecados de juventud, con ese novio maloliente que tu padre ve con recelo, contando los días que quedan para que te canses de él.

Algunos hacen de su incapacidad virtud, y aparecen en un artículo de verano de El País diciendo que sus libros son “como los de Cortázar, pero con sexo”, porque saben a qué árbol arrimarse para su efímera gloria. Porque no importa la calidad, la literareidad contrastada, sino la polla, el coño, el gargajo más lejano, la axila más pestilente, el olor acre a impostura, la ropa negra porque es la marca de los malditos, la voz fuerte, la presencia dominante de triste macho beta con ínfulas de alfa. Porque tú nada sabes de Cortázar y el sexo, pero poner ese nombre en tu boca suena inteligente, suena sacrílego. Porque tú te meas en lo sacro, claro, te meas en Cortázar, y en Cervantes, y en Calderón, y en Machado, y en Alonso, y en Hierro, pero sobre todo en Borges, hay que cagarse en Borges.

Hay ancianos sabios con una actitud punk en su senectud que se desayunan cinco o seis de éstos cada día. Que saben que la apariencia esconde incapacidad, que la lucha está en otro sitio, que mirársela y contarlo es tan fútil como comer plátanos en un árbol, que las jovencitas a las que impresionan y que le pagan su vida bohemia no son capaces de reconocer la verdadera poesía aunque esté delante de ellas y le golpee con el puño cerrado en la cara.

Fue siempre así en el lado salvaje. Los pocos genios que lo poblaron (qué lejos quedó el mundo antes de La montaña mágica, Verlaine y Rimbaud, Artaud y Mallarmé, la Belle Epoque, el París de entreguerras, la Bohemia en mayúscula de Sawa, la edad dorada del rock y los días de vino y rosas de los Panero) conocen qué precio se ha de pagar, y los sabios que la rozan con la punta de los dedos (la tradición es milenaria, los malditos de verdad han existido siempre, y han pasado hambre, y sed, y calamidades, y tienen como santo bebedor al gran Max Estrella) la saludan con nostalgia porque saben que es el reino de los impostores, de los mediocres, de los que eligen el modo fácil. De los que no.

Agarrado a la cámara

De un tiempo a esta parte estoy agarrado al disparador de mi nueva D7000. Un ya viejo modelo que me ha hecho volver a disfrutar de la fotografía como hacía mucho tiempo que no hacía. Así que ando algo mudo en lo que narrativa se refiere, y de ahí este empecinado silencio en este espacio. No creo que haya manifestaciones a la puerta de mi casa, pero si tengo que pediros perdón por ello. No he desaparecido, pero la vida me está rellenando los huecos de tiempo que antes dejaba libres. Y gran parte de la culpa la tiene mi trabajo, y gracias al demiurgo doy por ello. Porque no están los tiempos para despreciarlo, y porque mis superiores y mi nueva empresa me han hecho recuperar la ilusión por lo que hago. Y eso sí, creedme, es mucho.

Gracias a mi nuevo juguete Pitu, mi vieja compañera gatuna, luce así de bonita:

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He empezado a patear la ciudad como antiguamente, deseoso de observar las cosas desde otra perspectiva, como podéis ver en mi remozado álbum de Flickr de Madrid, que seguro que iré ampliando con el tiempo (pinchad en la imagen para acceder a él):

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Y me he de dado por cazar aviones, pues les veo la barriga todos los días en mi trabajo. Aún me queda mucho por explorar en este nuevo hobby, pero he empezado a pasármelo muy bien con ello.

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También he seguido haciendo fotos en el Slam de Madrid. Aquí podéis ver algunos ejemplos.

 

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También hice fotos en un partido de la ACB entre el Estudiantes y el Barça. Fue muy divertido.

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Y sobre todo unas fotos que hice en el último San Juan, donde me lo pasé tan bien haciendo fotos como no recordaba:

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Espero que todo esto os resarza del silencio.

 

 

Limosna de genio

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En tiempos difíciles el ingenio se agudiza. Es la tradición más hispana, la picaresca que impregna nuestro tuétano desde tiempos inmemoriales. Tanta mezcolanza de razas y tanto pasarlo mal ha hecho de nosotros unos buscavidas irredentos. No somos los únicos, claro, pero después de atar los perros con longanizas parece que se nota más de la cuenta, y ahora todo el mundo sueña con su lotería particular en forma de libro, o de fotograma, o de instantánea, que acabe de una vez por todas con la mendicidad.

La inclinación a las artes no afecta a un sector amplio de la población. Si quizá el ansia de divertimento, sea esto zafio o refinado. Los que nos inclinamos por el lado sensible de la vida, e incluso por el salvaje, siempre hemos mirado por encima del hombro al neófito, esclavo de las modas y las crestas de las olas. Más aún desconfiamos de las vocaciones tardías. Ser sensible exige un largo caminar, un temprano renacer, una labor diaria de refocilarse en el barro del saber y el arte, subiéndonos en los hombros de los verdaderos genios, y más aún de los verdaderos sabios.

La noche madrileña (y me consta que no es la única) está ahora poblada de joveznos empeñados por encima de todo en conseguir ser geniales. Echan mano de la tradición poética, teatral, actoral, artística en general, sin conocerla, sin haberla mamado, para creerse, a pies juntillas, su condición de señalado por la diosa de turno, sea ésta Talía, Calíope, Urania, Terpsícore, Polimnia, Melpómene, Euterpe, Clío o Erató. Y las más de las veces su seguridad resulta patética. Seres que no han pisado una biblioteca, una fonoteca, se creen divinos en su autoerigida torre de márfil. Y no sólo jóvenes, también ancianos o maduros que descubren de repente que son los descendientes de Neruda o Gabo en la Tierra (no de Juan Ramón, no de Machado, no de Borges, porque eso es más complicado, demasiado complicado).

Uno ya tiene bastante con su propia mediocridad para tener que impregnarse de la de los demás. Se aplaude el intento, la ilusión, pero se desprecia la prepotencia. Yo también sueño con ser escritor, o fotógrafo, y me esfuerzo en ello, pero no tengo, por desgracia, ninguno de estos oficios. Cansado estoy de los actores o poetas que son realmente camareros. No por la dignidad que encierra cualquier oficio, sino por la indignidad de no reconocer el de menos prestigio.

Si el motivo es sentirse bien, conseguir meterse en la cama con quien se desea, extender más allá de la vista el horizonte es admirable, pero creerse genio sin serlo es estúpido. En aquella memorable escena de Luces de bohemia Dorio, interpretado por Ángel de Andrés, se rodeaba de modernistas que se pavonean ante Max Estrella, pero Don Latino, bajo el pellejo del memorable Agustín González, los contenía a la voz de “aquí sólo hablan los genios”. Modernos emplumados siempre los hubo, pero genios, lo que se dice genios, no los busquéis en el panorama actual, ni en los círculos influyentes ni en el más puro underground.

Aunque haberlos los hay, camuflados convenientemente de humilde, como siempre ha sido.

Trending faces

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Hay un abismo entre los rostros que me miran desafiantes desde las portadas de las revistas de tendencias. No hace falta que os desplacéis al quiosco más próximo, basta con entrar en Issuu.com y dejarse arrastrar por el espectáculo de luz y de color.

Que somos imagen hace ya demasiadas décadas que es una verdad universal. Sin embargo, ahora que los principios van cayendo como agua de una eterna cascada, esos rostros me producen ternura. Ser un ser humano de éxito hoy día ha dejado de significar lo que antes tuviera que significar. Nosotros, ciudadanos de a pie, parecemos veteranos de la Guerra de Vietnam que curtimos cada día nuestra coraza de escepticismo y sarcasmo, mientras leemos la prensa diaria con una mueca de repudio y displicencia.

Todavía puede leerse en la portada de El País el especial que se ha hecho sobre José María Aznar, que mira más desafiante que ninguno, con esa pátina de self-hero que con tanto mimo han pulido tanto sus defensores (que los hay, y que le añoran) como su propia mismidad distante y prepotente. No quiero centrar la mirada ahora en ese prohombre, que mira rígido, con esas huellas que imprime la vigorexia en los rostros poco agraciados, sobre todo en aquellos que, sobrepasada con creces la cincuentena, no son capaces de reconocer que el tiempo ha pasado, y que ya deben resignarse a ver El ocaso de los dioses con serenidad.

Acabo de cumplir cuarenta y cinco años, y me siento bien. Pero me mata la manida fugacidad del tiempo. Todos querríamos ser eternos en esta edad, en la que aún somos jóvenes (más en estos tiempos) para muchas cosas y maduros para otras tantas. Pero el espejo me devuelve una mirada extraña. Soy yo sin serlo. Quizá sea mejor de lo que imaginé, máxime sabiendo que la naturaleza premia la madurez del hombre, y castiga sin piedad la de la mujer. Estamos programados para vivir muchos menos años de los que vivimos y, como se suele decir, a partir de los cuarenta sólo nos dedicamos a sobrevivir, más aún aquellos a los que se les niega la descendencia.

Así que miro esos rostros de hombre maduros, sentados displicentemente y con el desafío prendado en los ojos y me digo a mí mismo que son tiempos extraños estos, en los que las caras se esculpen y se labran como antes se labraba la tierra, para que dé un buen fruto durante la cosecha.

Parafraseando a Ubertino da Casale, ¡qué tiempos nos ha tocado vivir!