Roja sangre

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Frida KahloLas dos Fridas (óleo sobre lienzo, 1939)

La sangre es un fluido no newtoniano que fluye por nuestras venas bombeada por el corazón a unos cinco mil mililitros por minuto. Es viscosa, roja, escandalosa cuando se derrama, viva cuando fluye, oscura y densa cuando sale de nuestro cuerpo y se desparrama como si fuera una fuente. Mancha, asusta, marea a muchos. Casi cinco litros de fluido en un adulto que viene y va llevando nuestra esencia, la vida a todos y cada uno de nuestros rincones.

Cuando estás en la camilla del autobús de donación, con ese artificial ambiente acondicionado a veinte grados, con el murmullo del motor en tu espalda y la mano abierta y cerrada alternativamente, para que el riego sea óptimo y se llene esa bolsa de medio litro de tu sangre, no piensas en su viscosidad, en su densidad, en sus propiedades como fluido, sino en el viaje que va a hacer. Primero al centro de transfusión, donde la analizan, la tratan, la preparan, la empaquetan; y luego al cuerpo de otra persona, donde entrará como agua clara en una cañería, limpiando, regenerando, llenando venas que se vaciaban mortalmente.

Es un acto de generosidad que convierte a tres personas en mis hermanos de sangre cada vez que dono, como si hubiésemos cogido una navaja y hubiésemos unidos nuestros antebrazos, mirándonos con intensidad a los ojos. Es mágico. Es aséptico. Es salvaje.

Es el triunfo de la ciencia, que permite que mane un río y llegue al mar de alguien necesitado. Tanto como yo. Es un orgullo, pero asusta. Es poético y es víscera. Es rotundo, y es hermoso.

La sangre es tan íntima como nuestra alma. Pero florece, se escapa en cualquier rendija. Notas la aguja entrar de sopetón, guiada por mano experta. Todo es entonces tibio, indoloro, lejano. Pero si desvías la mirada ves ese río domeñado que fluye a la bolsa blanca que se balancea en un pulso hipnótico. Entonces el auxiliar corta al escuchar el pitido y tú te abandonas al tedio, a esa espera dulce del deber bien hecho, de la buena acción que permite vestirte de humano y caminar con algo más de ligereza, tan efímeramente como se regeneran esos quinientos centilitros de plasma sanguíneo dentro de tu cuerpo.

Tomad mi sangre, yo os la doy. Aquella que pueda sin vaciarme, sin perder la dignidad, la cordura, la civilización, la conciencia. No derramo mi sangre en el campo de batalla, la dono para que llene otros cuerpos de esperanza. Para encontrar belleza donde siempre hay tristeza.

Hay cosas que me recuerdan a mi padre. Y eso, creedme, me reconforta como ninguna otra cosa.

In memoriam: Philip Seymour Hoffman

¿Tienen razón los suicidas? ¿Y aquellos que huyen hacia adelante y juegan en el lado salvaje hasta que pierden la vida tontamente?

En estos tiempos de pérdidas irreparables de enormes nombres de la poesía, el cine y el arte en general por causas naturales (si natural es morir de viejo) o por la insolente enfermedad, cuando hace poco se hacía ya notar la realidad de que el suicidio es la causa mayor de muerte en nuestro país (la excusa de las víctimas del tráfico se volvió inservible cuando perdieron la batalla, pues parece que hemos dejado de ser unos descerebrados al volante, y brindemos por ello), escuece más la noticia de la muerte por yonqui de Philip Seymour Hoffman. Escuece y cabrea.

Quiero pensar que tenía todo el derecho del mundo de desear su muerte de esa forma tan romántica, en ese viaje definitivo en su lecho, diciendo que el que venga detrás que arree, que le importa un carajo qué se haga con su ese cuerpo rotundo con el que jugaba tan bien delante de la pantalla, y sin importarle un ardite la suerte de los seres queridos que deja atrás, incluyendo hijos. La droga puede ser la salida más gentil y más noble del alma atormentada y rebelde, pero no tenemos aún la certeza de que se trate de un suicidio encubierto en blanca heroína discurriendo por la vena y llegando al cerebro y al corazón. Porque si no fuera así, maldito seas, querido Phillip, vaya forma estúpida de dejarnos huérfanos de tu enormidad, de tu arte.

Carpe Diem. Y un cuerno. Nos hemos quedado con cara de imbécil, sin entender por qué no tendremos más dosis de esto:

Así que sí, descansa en paz, que ya nos quedamos aquí nosotros, peripatéticos.

La belleza en 2D

El sueño de cualquier aficionado a la pintura es atravesar el lienzo, como hiciera Alicia con el espejo, y adentrarse en un cuadro como si fuese uno más de los protagonistas. Rino Stefano Tagliaferro (con ese hermoso apellido, similar al catalán Tallaferro, “el que corta el hierro“, alusión a un más que temible caballero, entiendo) lo ha intentado con resultado dispar, pero cuanto menos inquietante.

Quizá quede mucho para lograr hacer del 2D de un lienzo un 3D, pero desde luego se le agradece el intento al bueno de Rino.

Además, nuestro viejo amigo Friedrich es también protagonista. Qué más se puede pedir.

El martillo pilón

La reproducción es sangre. Huele a sangre. Sabe a sangre.

Creced y multiplicaos. Hasta el más imbécil, el menos humano sabe hacerlo. Décadas de liberación sexual de nada sirven ante la llamada de la selva. Hasta el más desaprensivo, el más torpe lo logra. Nada importa la satisfacción sexual, el goce mutuo, el retardar el orgasmo, la simultaneidad. Lo importante es que ese líquido viscoso y blanquecino se ubique adecuadamente y cumpla su función reproductora de millones de peones flagelados que buscan con ahínco el óvulo al grito de sólo puede quedar uno. Y ya está. La espera, la ilusión, el vértigo, la alegría, el deber cumplido, el instinto satisfecho. El saber que uno ya se puede morir, ahora que…

Pero puede que no, que no sea así. Puede que un día, superados los miedos, la zozobra, la búsqueda de la ocasión ideal, puede que no, que no esté de Dios, aunque precisamente sea Dios, cualquier dios, el que menos tenga que decir. La naturaleza se vuelve desabrida, caprichosa, más selectiva que nunca. Y es entonces cuando la ciencia empuja, allana el camino, cumple esa función que la evolución humana ha labrado con sangre (otra vez sangre) sudor y lágrimas, que no es otra que obrar milagros como ningún dios fue capaz. Y es entonces cuando el embarazo dura años. Criogenia. Estimulación forzada. Probetas. Remedio infalible. Los milagros de la ciencia. Pero tú ves pasar los meses y lo que para otros es rápido, vivaz, sorpresivo, para ti es eterno, inconmensurable.

Y aún con todo a veces estás en el lado débil de la estadística. Ese cero coma algo. Lo que debe ser fácil, con todo la dificultad propia de perpetuar la especie, se vuelve imposible. Con esa agonía, esa crueldad propia de las ocasiones perdidas, donde entran en juego los mismos mecanismos que para el resto: la ilusión, la espera, el vértigo, hasta que se desencadena la tragedia. Entonces sólo cabe el aullido, el quejido, el romperse por dentro por la injusticia, por la mala suerte, por la refinada ironía con la que la naturaleza, incluso la ciencia te dice que tú no, que tú no lo mereces, que sea lo que sea que hayas hecho para no merecerlo ahora te pasa factura, no fueras a creer. Cuando la fe, precisamente la fe, es la primera que se acobarda y te traiciona.

Para esas pérdidas no existen nombres. No hay palabras para definir a aquel que pierde sus hijos demasiado pronto, cuando sus corazones laten pero cercenan su latido. Literalmente. No las tiene la RAE, no las tiene el vulgo. No hay duelos permitidos, siempre es el “no te preocupes”, “todo se andará”, “aún sois jóvenes”, “eso en cuanto que os relajéis os saldrá solo, ya veréis”. Y tú les observas, intentando expresar con tu mirada la rabia ahogada en sangre, en litros y litros de sangre (sangre en las vías atadas al cuello, sangre en compresas, sangre en las manos) que no tienen ni puta idea, que no saben de qué coño están hablando, y que más valía que se metieran esa blanda esperanza en sus labios. Incluso no hay lugar en los hospitales. Te tragas tu dolor y esa rabia en la misma planta donde los malditos ecógrafos expanden a los cuatro vientos los latidos de neonatos que traspasan el silencio nocturno como los ejércitos dispuestos a la batalla, con su monótono tap-tap-tap-tap-tap-tap.

Entonces eres el paria, el lisiado, el que no vale. Tu esperanza se transformó en sangre, en rabia, dolor y llanto por nuestros hijos malogrados.

Tú no perteneces al selecto club. Tú no tienes hijos. Tú no sabes. No sabes nada. Los anuncios de sonrosados bebés, tripas descomunales y niños prístinos manchados de barro retuercen el cuchillo clavado en el pecho. Los miembros del selecto club sienten lástima, mientras amasan el pelo de sus retoños. Todo te lo recuerda, todo está ideado para que pierdas día a día la batalla. Tripas incipientes en Facebook, sillas infantiles que se comparten, fotos de niños preciosos que miran desafiantes a la cámara desde esa inocencia manchada por los babeos de los padres, hermanos, abuelos, tíos, compañeros, amigos. Todos expanden la nueva, todos saltan, gritan, balbucean, ríen, lloran, y horadan la herida que se acerca sin pausa a tu corazón para hacerse letal, terca y desafiante. Incluso algunos malnacidos esparcen su inmundicia en forma de feto troceado. Entonces quieres matar, destruir, aniquilar.

Yo quería ser padre. Y había consenso en que iba a ser un buen padre. Confesiones de algún buen amigo me hicieron sonrojar. Y ahora te amargas, te sumerges en la rabia inconsolable de reconocer que no puedes pisar las casas de tus cercanos recién padres porque te sientes mal de no alegrarte de su desorbitada alegría. No puedes mirar a tus queridas colegas porque su tripa desmesurada te mira y te sonríe sarcástica. Y te sientes ruin, amargado de no poder sentir ni siquiera envidia, sino rabia.

La procreación es nuestro martillo pilón, inconfesable, incansable, ineludible. Golpea siempre, día a día, noche a noche, de manera infatigable. Siempre, siempre dispuesto a recordarte que tú no, que tú no eres como ellos, que no lo podrás ser, que no se te ocurra pensarlo. Día a día. Que siempre puedes adoptar. Día a día. Que hay gente que no puede, y no pasa nada. Día a día. Y te tragas los anuncios, las conversaciones, el ímpetu procreativo de toda tu generación. De esa ristra de cacas, apiretales, maxicosis, pañales y sueños imposibles de madrugada. De mira qué mono, qué hace, cómo se mueve. Pero tú no sabes nada, qué vas a saber, tú estás incompleto, porque no eres padre, porque no es lo tuyo, porque no sabes lo bueno de la vida, lo único, lo verdadero, lo más grande, lo más importante. Y estallas por dentro, llorando de nuevo por ese proyecto truncado, por esos babies sin dueño, por ese biberón que no fue. Por toda esa vida que perdiste. Por el futuro. Y pugnas, de nuevo, otra vez, por no volverte loco.

Y escuchas el martinete, solemne, infatigable, perpetuo, del martillo pilón asolando lenta, inexorablemente, tu cabeza, tu alma, tu propia esencia. Día a día. Día a día.

La sutileza

La naturaleza es ruda. Suele irrumpir desaforadamente, con brusquedad, arrasando, o anegando, o resquebrajando. Suele actuar con sus criaturas de manera rotunda, hacerlas traumáticamente mudar de piel, morir entre estertores o nacer y parir con bestialidad coreografiada. A veces es lenta y concienzuda, horadando por milenios el contorno de piedras, sierras y valles, pero el resultado siempre es desaforado; hermoso, pero desaforado.

Pocas veces es sutil. Quizá en el leve rozar de un ala al viento, o en la zozobra de un mar en calma que derrama las olas como en un suspiro, o en esa gota eterna que forma una estalactita deflectada. No es extraño que nosotros seamos también bruscos, toscos, despiadados. Hemos arrasado con todo lo que se nos ha puesto en nuestro camino a base de maza y dinamita.

Sin embargo, la sutileza es propia también de nuestra especie. Tan sólo hay que ver el levísimo giro con el que una patinadora cambia de dirección en el hielo, o el inapreciable toque con el que un maestro hace carambola sobre un tapete. Pero la que más impresiona es aquella que resulta de la acción de una máquina capaz de mover toneladas de presión y realizar una operación milimétrica sin salirse ni una micra del camino trazado.

He recuperado una costumbre ya casi olvidada, claudicando ante la moda, sí, pero recuperando sensaciones que tenía grabadas a fuego en mis sentidos: la de la sutil aguja de un giradiscos bailando entre los surcos de un vinilo. Con ese emocionante caer a plomo sobre el plástico y ese ruido inigualable que sólo los maniáticos del sonido sabemos apreciar.

Así que os presento a mi nuevo amiguito, que luce así en mi salón. Y mi colección de discos, desparramada antes de ordenar y colocada ya en su nueva ubicación sueca esperando su turno.

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Bienvenido sea.

Malestar

El mundo es plano, y monocorde y, como dice Morrissey, la gente es igual en todos los sitios.

Para ello no hay nada mejor que encerrarse en un hospital. Y quizá más, no hay nada como encerrarse en un hospital en un territorio que no sea el tuyo habitual. Un hospital en mitad del Vallés, por ejemplo. Un hospital donde puede vivirse de manera efectiva eso de la normalidad lingüística en Catalunya. Donde se puede compartir habitación con una de esas ancianas tan típicas de esos lares que de encantadoras parece mentira que sea posible su existencia. Y con unas hijas a las que les cuesta hablar castellano (para la madre es prácticamente imposible) y con las que es tan fácil charlar de esas cosas amables que, en un lugar así, hacen que el tiempo pase un poco más deprisa cuando se está en un agujero donde las horas duran días y los días semanas.

Un hospital donde, en la habitación de enfrente, puede también comprobarse hasta dónde puede llegar la incultura y la falta de educación. Un partido de fútbol a volumen de bar y sevillanas a todo lo que da de madrugada, ríos de gentes hablando fuerte en los pasillos, trato condescendiente con las enfermeras y el personal auxiliar. El horror dentro de un recinto que debería ser un remanso de paz.

Un hospital en el que puede verse la huella de aquello que pretendieron los políticos hacer con un país, con un territorio, y que se quedó en el intento, en ese medio camino existente entre la cruda realidad y las fantasías inmobiliarias de tanto irreverente social sin escrúpulos. Un hospital que iba para privado y ultramoderno, y que se alquila por necesidad a una Seguridad Social que es un cliente más. Y que debe sacar tajada de donde no haya. Menú de rancho a precio de restaurante. Máquinas expendedoras de precio abusivo. Parking con tarifas de ciudad en mitad de la nada. Concesiones económicas que hacen negocio de la desgracia ajena.

Los hospitales te despojan de tu humanidad, te desnudan, te convierten en un número, en un cuerpo al que poder aguijonear. Te recuerdan que no eres nada, que la pena y el dolor están esperando a la vuelta de la esquina. Que todo es miedo hasta que el médico se acuerde de ti y te ofrezca la tabla de salvación en forma de papel impreso en el que puede leerse la palabra “alta”. Con esa obsesión por la digestión bien hecha, como el padre de Léolo, esperando la defecación consistente y correcta. Con ese paso por el verdadero infierno que supone la sala de espera de urgencias, donde la vida moderna te recuerda el desamparo de nuestros predecesores. Un lugar donde las sonrisas valen doble. Donde un abrazo salva del horror. Donde las miradas dicen más que las palabras. Y de donde se sale, cuando tienes la suerte de ser sólo “acompañante”, respirando a pleno pulmón, como si fuese la primera vez que respirarás en tu vida. Con esa intensidad con la que mi gata escudriña el aire cuando sale al balcón, como si el aire no fuese algo inorodo e insípido. Como si acabara de descubrirlo.

La enfermedad y el dolor no es sólo para nosotros, los humanos, pues los compartimos con nuestros semejantes animales, pero sólo nosotros los industrializamos, los hacemos modernos, civilizados, y los despojamos después de su esencia para volver a animalizarlos, a perderlos entre desplantes, faltas de presupuesto, recortes, ausencia de empatía, mirar por encima del hombro de aquellos doctores de antes, cuando levitaban a varios palmos del suelo.

Como metáfora de esta vida absurdamente salvaje, en este siglo que iba a ser nuestro, de los civilizados, de los avanzados que miráramos lejos de nuestra frontera atmosférica, un hospital es la bofetada de realidad que nos devuelve al lugar del que, según esos que rigen devastadoramente nuestra vida, nunca debimos salir. A la caverna del malestar. Al fin y al cabo lo que importa es el tamaño, composición y prestancia de tu mierda, aquella que es fruto de tu paso por esta sociedad que compra, deglute y caga con la misma pasión con la que antes cultivaba el espíritu.

¿Quién vive?

Fluir, o desvanecerse. Vivir, al fin y al cabo. El eterno retorno.

Boecio, en boca de un vagabundo, le recuerda a Tony Wilson (encarnado por Steve Coogan) en 24 Hours Party People una máxima de su La consolación de la filosofía: “La historia es una rueda. La inconstancia es mi esencia, dice la rueda. Súbete a mi radio, si quieres, pero no te quejes cuando te arroje a los abismos. Los buenos tiempos pasan, pero también los malos. La inestabilidad es nuestra tragedia, pero también nuestra esperanza. Los peores tiempos, al igual que los mejores, siempre pasan” (podéis leerlo aquí, si queréis).

El ave Fénix está cansada de quitarse las cenizas de las alas, pero siempre retorna. Así que de aquellas llamas ha nacido este nuevo espacio. Lo mismo, pero en otros zapatos. Cuando los edificios viejos se derrumban uno debe mudarse, y yo lo he hecho, y no sólo en sentido metafórico. Así que era cuestión de aprovechar el deshacer de cajas para desembalar también ésta, esta nueva aventura en ese espacio irreal e inconsistente, como la historia, que llamamos internet y que es tan ingobernable como nuestras vidas.

Nuevo dominio, nuevo CMS, nuevas reglas, nuevas expectativas. Pero vosotros sois los que debéis seguir ahí, haciendo sitio a los nuevos y aprovechando que allí al fondo queda un poco de hueco.

Polidori sigue aquí, pero ya no es el mismo. Sería estúpido negarlo. El anterior espacio no desaparecerá, mientras que los viejos amigos de La Coctelera me lo permitan. Lejos queda ese primer post, todos aquellos durante estos largos ocho años. Necesitaba un traje nuevo, y aquí lo tenéis.

Sois más que bienvenidos.